Los amantes de la soledad


La luz del sol entra brutal por el ventanal, no le concede tregua alguna, ilumina cada arruga que va marcándose con el paso de los años sobre la piel. El espejo solo le devuelve a un hombre que Solo ha dejado correr el tiempo, sin importar el exterior. Su mirada es profunda, casi de otro mundo, pero él esta dentro, se reconoce, es una imagen hecha metáfora frente a su reflejo empañado. Mira a todos lados buscando un paño para limpiar el espejo. Toca su rostro, cierra los ojos y sigue cada arruga con sus yemas como si fuera un viejo mapa que le indica el camino, hunde sus dedos hasta sentir la raíz primaria, tocar cada fibra que le nutre, la savia bruta que esta por extinguirse.

Le pesa el cuerpo, lo nota, está ahí, ella sigue presente, sigue dentro de él, su sombra se rebela, le obliga a volver, a salir huyendo de su reflejo en los viejos escaparates de la ciudad, corre en un suspiro que le ahoga, el aire lo golpea sin consideración, su respiración se agita en la lejanía, se asfixia contra sus propias lágrimas, hasta tocar puerto seguro. Solo en la oscuridad de su propia morada, se relaja, sus manos recorren el sofá, cada pliegue es su seguridad, con un gesto calmado, enciende un cigarrillo, recorre cada rincón, como fiera herida se deja caer, reconociéndose como parte invisible de todo lo que ya no está a su lado. Respira hondo, mientras por dentro estalla en mil pedazos.

Los árboles son guardianes de sus pasos, bajo sus raíces se estremecen los recuerdos, que el viento lleva y trae por la memoria. Ellos le conocen desde hace tiempo, no es ya quien fue. La noche desde su silencio le proclama, distante, ausente, camina más allá de lo establecido, se abren a su paso las ramas cómplices que de día se mecen unas contra otras. Ya no está aquí, pero sabe que su voz, va a su encuentro.

Caminando con su soledad no le quedaba más que recordar, preguntándose a si mismo si es que ganaba algo con volver a revivir aquellos momentos guardados en su memoria, confrontándose así mismo entre su conciencia y corazón, conociendo la respuesta correcta, y era cierto, sus recuerdos le daban la posibilidad de seguir viviendo ya que de alguna manera tenía la posibilidad de estar de nuevo con ella.

Sus pasos eran lentos y algo cansados, mientras convertía en pedazos las hojas de otoño que habían caído esa misma mañana, se decide a cerrar los ojos y llegar a aquel lugar donde la vio por primera vez, donde en aquel momento, se prometió nunca más dejarla ir. Lo que sentían el uno por el otro sabía que era un regalo del cielo, conocía historias de amor, gente que se quería, pero ellos se adoraban y no tenía más que agradecerlo.

Voltea a su alrededor, cierra sus ojos y regresa el tiempo. Sus arrugas desaparecen y una vez más decide verla, con su cabello castaño y revuelto, con esos guantes tejidos que la cubrían del frío, se miran y puede observar la tristeza en sus ojos, pero al mismo tiempo la alegría de su sonrisa y siente cómo en ese instante su corazón deja de latir, su respiración se detiene, sintiendo una inmensa tristeza al imaginar una vida sin ella. La voltea a ver inmediatamente, no podía perderla, había pasado toda su vida buscando algo que hasta hoy sabía que existía.

Y entonces él se percata de que no es su imaginación, ni la más dulce de las ensoñaciones, el universo ha sido clemente y le permite reencontrarse con su amada una vez más, venciendo todas las barreras siderales y de tiempo; privilegio solo permitido a aquellos pocos que han trascendido su relación hasta lo divino. Se observa rodeado de una especie de haz luminoso que los envuelve amorosamente y los aísla invisibles a los ojos de los caminantes que se cruzan con ellos sin saberlo. Frente a frente, por fin puede recrearse acariciando con ferviente dulzura el bello rostro que cada noche, de la mano de Morfeo, lo visita para consolarle el alma. Le cuenta con el hilo de voz que le resta, tras romper en sollozos y descargar con la fuerza de mil cataratas el dolor contenido por su adelantada partida, cómo ha transcurrido su mundo tan vacío de ella. Le vuelve a proclamar su fiel amor con versos emanados desde la fuerza de sus entrañas y besos mecidos por la delicada devoción que le inducen sus labios.

Pero es ella quien más anhela aprovechar tan extraordinario encuentro, pues se rehúsa a ver marchitarse sumergido en el ahogo de la soledad a su cómplice de viaje y de afectos, del que se despidió hace unos pocos años e infinitas vidas, tras abandonar su cansado cuerpo. Y así, como únicamente ella sabía hacerlo, le sujeta la mano y le susurra las palabras justas que le revelan de nuevo la magia de la cotidianidad y la sabiduría de las marcas que deja a su paso la vida sobre la piel y el corazón; recordándole que más que nunca ella está con él. El encantamiento se prolonga, comiéndose las horas entre abrazos que por fin se pueden dar, y él se encuentra cada vez más pleno, con una intensa paz que yacía olvidada bajo pesadas capas de tristeza y desconsuelo, que súbitamente se esfuman.

Murió al alba, dormido con una fotografía de ella apretada contra su pecho y un esbozo de sonrisa en su rostro, el infarto fue fulminante, su corazón decidió rendirse para disfrutar en un instante de ese encuentro tan esperado, después del tiempo que les fue permitido para sanar juntos, volvieron a la vida, en otra época. Ya no se recuerdan pero sus destinos están trazados para compensar el tiempo que les faltó.

Ella era más grande que él tres años, la diferencia de tiempo en su partida anterior, ahora tiene veintiséis años y  goza de lozanía pero su corazón ha estado cerrado por mucho tiempo, como era costumbre ella leía en la pequeña terraza de su ventana, con un libro en mano y con humeante y deliciosa taza de café en la otra se dispone a salir y un ruido la detiene, chicos jugando soccer calle abajo, se asoma tímidamente y entonces lo ve, un poco quieto en la portería, los rayos naranja de la puesta de sol iluminan su rostro y forman su silueta con destellos, sus ojos son negros y profundamente tristes como si tuviera el alma rota, ella se queda observándolo casi sin parpadear de repente él sonríe y ella disfruta ese contraste, permaneciendo ahí en secreto tras la cortina como escudo, intenta nerviosa recuperar el libro y seguir pero algo la llama nuevamente a la ventana y lo mira otra vez sin saber porque, sin saber siquiera quien es.

Algo la asustaba cuando miraba sus profundos ojos oscuros. Sentía que podía ver a través de ella y conocer sus más oscuros deseos. Un ligero rubor cubrió sus mejillas, quedando expuesta a su inquisitiva mirada. Ya no le importaba que pudiera verla, pero era incapaz de moverse. Una voz en su interior le advertía sobre la intensidad que irradiaba.

Sólo quería apartarse de él en la seguridad de su pequeña habitación. ¿Por qué tenía la sensación de que lo conocía? Nunca había estado implicada con ningún chico. Siempre había rehuido de ellos, esperando cruzarse un día con su idea de un perfecto amor, como los de sus queridos libros. Pero éste la atraía con una fuerza oscura y perversa, como dos imanes que se atraen; como dos destinos unidos por un lazo invisible; como marionetas de una historia de la que desconocía el argumento.

Un pensamiento la despertó de sus cavilaciones y para cuando volvió a mirar, él ya se había ido. Su mirada ansiosa examinó la longitud de la calle buscándolo, posándose de uno en uno en todos los transeúntes que la cruzaban ajenos al repentino dolor que le cruzó el pecho. Se había ido.

Unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Se quedó paralizada por un momento, sin saber qué responder ni qué hacer. Anduvo sigilosamente hacia la puerta y posó su temblorosa mano sobre el picaporte de cobre pulido, abriendo una estrecha rendija. Lo que vio provocó que exhalara un largo suspiro.

Ahí estaban, esos oscuros ojos como el abismo, esos ojos penetrantes que no podía dejar de mirar y a la vez le incomodaban, no se fijó en su sonrosa, ni en las palabras que él pronunció. Cuando salió del pequeño shock, el aún permanecía ahí, quieto, observando su expresión, adorándola, parecía nervioso y a la vez seguro se sí mismo.

- ¿Qué deseas? - le dijo ella con voz trémula y una mirada expectante.
- ¿Me has llamado? – preguntó serio y muy nervioso.
- ¡Cómo te voy a llamar sí no sé tu nombre! - los dos rieron sin dejar de mirarse, no podían.

Ella preparó más café, se sentaron en el primer escalón exterior de la casa y allí permanecieron durante largas horas que les parecieron segundos, cayó la noche, los empapó de humedad, nada les importaba, solo enturbiaba el momento la idea de tener que separarse, no podían permanecer eternamente allí ¿O sí?

- ¿Qué piensas? - preguntó ella tímidamente.
- No quiero irme, no quiero sepárame de ti- respondió
- No te vayas- le dijo en un susurro
- Solo quiero adentrarme en tus labios, rodear tu cuerpo con el mío y fundirnos en un abrazo eterno- dijo sin escuchar lo que ella le acababa de responder.

Y así fue durante años, la fusión de dos cuerpos en uno viviendo unos sentimientos tan fuertes que a veces hasta dolían y que a la vez les eran tan familiares que no podían ni querían huir, solo querían eso, sentir.

Esta vez fue él el primero en partir, la dejo sola, sumida en un profundo dolor que día a día se hacía más grande e insufrible, día a día se hundía más y más, lo buscaba en cada recoveco de la casa e incluso debajo de los árboles, paseando, sonriendo.

Esa mañana, buscó a la joven de la que él se enamoró en el espejo, no quedaba nada, su mirada era una tormenta de grises y azules sin precipitación alguna, ya no podía llorar. Pasó las horas como de costumbre, eso es lo que hacía, pasar horas, no distinguía entre el sol y la luna, no recordaba la última vez que había comido, solo paseaba bajo sus árboles y vivía de viejos recuerdos.

Se sentía cansada, exhausta, se tumbó en su cama, la de ellos, sin saber qué hora era se durmió en un profundo sueño con una inmensa sonrisa en los labios y esa expresión de serenidad que solo se tiene cuando has encontrado la paz.

Notó una caricia, su caricia, la habría reconocido entre miles de ellas, abrió sus ojos y allí estaban esos profundos ojos negros que tanto amaba, lo miró, él estaba tal cual lo recordaba el día que se conocieron, se avergonzó al saberse vieja y estropeada, él se dio cuanta y la miró con tanta dulzura que ella se sintió bella de nuevo, siguió su mirada hacia abajo y se vio tumbada en la cama, relajada, feliz, aunque ella ya no estaba allí, entonces como si de un destello se tratara, le vino a la mente la imagen de un anciano arrugado y muerto en vida, también sonriente y feliz, comprendió.

Comprendió que no eran sus cuerpos los que se amaban con esa fuerza divina, eran sus almas, esas almas que vida tras vida se buscarían para una y otra vez adentrarse en sus labios etéreos, rodearse con sus sutiles cuerpos y fundirse nuevamente en un abrazo eterno.

Cadáver Exquisito: "Los amantes de la soledad".
Proyecto final en conjunto para el taller de escritura creativa, "Caleidoscopio Soul" 2018.
Autoras:  Alma Rodríguez,  Daniela Mendoza,  Itzel  Navarro, Mercedes Arrufat,  Mayte Gutiérrez, Romina Calle,  Veronica Cruz Olmedo,  Viky Castro.
©Todos los derechos reservados.

4 comentarios:

  1. Que hermoso Mayte! Muchas gracias por llevarnos por éste camino y hacernos escribir tan del alma y con tanta emoción.

    Un abrazo fuerte.
    Daniela.

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  2. FELICIDADES A TODAS!!! Super!!

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  3. Marta Gómez27/3/18 23:11

    Qué bonito trabajo han hecho Mayte, felicidades a todas!!!

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  4. Bien hecho!!! Gracias por compartirlo. Felicidades a todas las creadoras. Me conmovieron, sentí mucha tristeza, y luego mucha felicidad...es simplemente hermoso.

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