El barco


La madera crujía bajo sus pasos, la claridad absoluta del mar la golpeaba con suaves destellos de luz, se detuvo frente al barco, como si su memoria la obligara a estacionar sus recuerdos en ese instante, llevándola a los días en que las líneas de barcos imponentes, desfilaban ante sus deseos escondidos bajo el vestido blanco de seda, al ir ir y venir de los hombres y mujeres bailando al compás de la suave mar que se diluía antes de tocar puerto, al momento en que el ancla tocaba fondo y descendía la planchada, al latido acelerado de su corazón, pleno de impaciencia, al borde del muelle.

Ahí estaban ellos colgados del silencio esperando con flores, y chocolates en la manos, era casi imposible no despertar las ansias que todos tenían dentro por saltar hacía ese camino y abrazarla. Pero era inútil nada de lo pasado podía remediarse ya. El silencio lo inundaba todo, el mar parecía apenas un murmullo comparado con el descontrol de gente frenética y de los vendedores que esperaban al barco anclar.

Había un hombre en especial con la mirada perdida, a lo lejos buscaba entre la gente que agitaba pañuelos de bienvenida y cartones de colores en la humedad, tosía frenéticamente y sobre su pañuelo caían gotas de carmín dolor. Sabía lo que esperaba al parar el barco en ese puerto como condena inmune a todo su dolor.

Y en medio de todo aquel silencio, el palpitar de su corazón resonaba como estruendosa y triste música dentro de su pecho, como aquella música triste de aquel concierto la noche de mayo que guardaba en su memoria con tanto recelo; recordaba cómo después de aquella noche nada volvería a tener el sabor de aquellos dulces años, en donde unidos al amanecer bailaban apasionadamente como si a su alrededor nada pasara, como si el mundo, su mundo construido con tanto esmero no se estuviera viniendo abajo. Así avanzaba hacia su destino, tan incierto como la realidad en la que vivía.

Ella lo vio primero. Estaba muy delgado y su piel era de un extraño color, pero, sin duda era él. Se azoró y miró a su alrededor para asegurarse de que sus hijos no se habían percatado de su nerviosismo. Veintisiete años eran demasiado tiempo para una espera, pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? Tan joven y embarazada…

Se habían unido en matrimonio antes de que él embarcase de vuelta a Gijón. Durante tres meses habían sido los seres más felices de este mundo. Durante tres meses se habían amado desde el anochecer hasta el amanecer. Durante tres meses no habían existido más que para mirarse el uno al otro. Él había pedido permiso a su capitán para ausentarse del barco cada noche y ella se escapaba de casa para reunirse con él en la choza del cementerio.

El la vio desde la cubierta de estribor. Aquella piel morena y brillante titilaba bajo el fuerte sol. La distinguiría pasasen los años que pasasen. Su melena negra no caía ya sobre los hombros desnudos, sino que aparecía recogida en un grueso moño a la altura de la nuca, dejando ver unos aparatosos pendientes de plata y turquesas. Se metió la mano en el bolsillo y apretó con fuerza un colgante con esa misma piedra que ella le había entregado justo donde estaba ahora, veintisiete años atrás.

Él estaba enrolado en un barco de la Real Armada Española que debía atracar en Veracruz, donde pasarían una temporada formando a hombres locales para ser entregados marineros. En un permiso, la conoció. Ella trabajaba en el mercado de flores, donde ayudaba a su madre a hacer preciosos y coloridos arreglos. Era solo una niña, pero él quedó cautivo de sus ojos al encontrase sus miradas. Frecuentó durante semanas el puesto del mercado, hasta que su madre le dio permiso para tomarse un refresco con el “español”.

—Ten cuidado, mija, que los “españoles” tienen cascabeles en la lengua —le dijo su madre al oído.

Pero era tarde. El hechizo había hecho ya todo su efecto sobre ella y, nada más verlo, le temblaba hasta el espíritu. Se estremecía de pies a cabeza, se le aceleraba el pulso y notaba cómo un calor le subía hasta las orejas. Ella se las tocaba disimuladamente y él sonreía con sus traviesos e intensos ojos azules. Se habían enamorado hasta los tuétanos.

Cuando llegaron a la que sería su casa, a la que por fin compartirían con todo el amor que había atesorado durante las ausencias, ella no todo cosas que no encajaban. Jarrones finos, cuadros de los que nunca le había contado que existían y adornaban delicadamente los rincones, quizás lo que más llamo su atención fue ese chal bordado arrinconado en uno de los cajones que sería suyo dentro del armario de la habitación principal.

Todo transcurrió tranquilo durante la cena, él sonreía como si nada más importara, pero ella no estaba tranquila, cuando al final los niños se cansaron de jugar con su padre y se retiraron a sus habitaciones, decidió que era momento de hablar. Él le dijo que no era necesario, que había adivinado en su mirada todo lo que no decía y se lo explicaría. Habían sido demasiados años separados, tuvo que buscar una mujer que mantuviera en secreto la ilusión que ella misma había despertado en su soledad. No lo comprendía, ella cuido de sus hijos, de su amor, nunca le fue infiel, ni con el pensamiento, recordó a su madre diciéndole que no había de confiar en los extranjeros, mucho menos cuando no se les cuidaba de cerca.

No dijo nada más, se retiro a su habitación, esa noche hicieron el amor como si nada más existiera en el mundo. Ella madrugó y preparo el desayuno, comieron juntos como una familia feliz. Dejo que sus hijos salieran a explorar su nuevo mundo, y se sentó con él en el sillón mullido de la estancia, dio un vistazo a todo lo que los rodeaba, nada era suyo. Sirvió dos tazas de café, insistió en que él lo tomará con mucha azúcar, de repente el se sintió cansado, le trajo una manta y le beso en la frente. Luego con calma, se levantó, tomo las maletas aún sin deshacer, busco a sus hijos, tomo camino hacia el embarcadero, abordaron el primer barco que zarparía en una hora. Tres días después, encontraron al español en su casa, todo estaba como siempre, el parecía hundido en un sueño profundo del que no despertaría jamás.

Cadáver Exquisito: "El barco".
Proyecto  final en conjunto para el taller de escritura creativa, "Caleidoscopio Soul".
Participantes: Andrea Lomelí,  Daniela Muriel González, Elsa Martínez, Fernanda de Aguinaga,  Laura Leal,  Mayte Gutiérrez, Paulina Cedeño, Rosa Ma. Hernández.
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4 comentarios:

  1. Ainsssssss, sé que soy pesada, pero... ¡Qué bien me lo he pasado! ¿Cuándo tendremos más?

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    1. Laube, yo me quedé igual cuando lo hice...este curso te hechiza.. por cierto.... creo que sé que pedazo es el tuyo! jajaja

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  2. Mayte felicidades una vez más por tu curso. Es tan bonito! y se saca uno tanto de si mismo. Este relato es la muestra, me ha encantado. Es precioso! Bravo una vez más.

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  3. Que bonito es leer el trabajo final de todas!! Es mi primer comentario durante el transcurso del taller, pero es que leer el esfuerzo de todas y ver que ha quedado tan bien, me anima a hacerlo. Gracias Mayte por tanto, me siento más segura al escribir, incluso aunque no sea profesionalmente.

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