El Rincón de París X



El otoño ha vuelto a cubrir París con sus hojas ocres, con las tardes bañadas de sol y el frío que cede ante la noche, con las miradas indiscretas de aquellos que los juzgaron,  incapaces de comprender que el estar separados era imposible.  Lo que los demás llamaban amor, era ahora solo la risa insolente del recuerdo sobre su piel, la última gota de sol sobre su sonrisa y el terrible momento de la separación sin aviso, ese eterno y cruel rincón de París, se borraba junto a la  eterna condena que se les impuso al encontrarse años atrás.  Ahora todo era una pesadilla que bajo el silencio de su alma desaparecía, Él había regresado.

Todas las palabras bajo esa mirada eran ahora un cúmulo de sensaciones que explotaban contra su desnudez , pisar en falso era un acierto y un peso que se volvía ancla sobre cada parte de su vida,  el único tormento existente,  era la posibilidad de  un adiós  asfixiado bajo los sueños de un par de locos  muriendo  de amor.   Entre sus muslos se desataron los anhelos bordados por Él,   inocencia perdida entre caricias, en la creciente pasión y la ternura que ahora vibraba en Ella con más fuerza,  ese coraje contenido bajo el vestido, su impaciencia corriendo como mil toros salvajes sobre su pecho, estrellándose sin control contra el vientre, la maldita culpa del después, de ese momento en que todo era un golpe incesante, ese rincón, ese viejo puente, aquella tarde de otoño tembloroso entre hojas y viento helado.  Su historia como espiral, llena de angustias y felicidad, de idas y venidas tras el capricho de sus labios, el origen y el final en sus ojos, como faros que la guiaban a su propia caída,  ángel condenado a vagar por la tierra sin poseer su corazón jamás.

El tiempo comenzó la cuenta atrás, ha despertado lentamente a través de su propia memoria, el golpe en seco sobre la mesa, la rabia al descubrir el engaño, esa mentira que les había salvado a los dos, las lágrimas corriendo como la lluvia escurriendo contra las ventanas, sus reproches, el brutal instinto que todo lo derrumba, sus palabras, susurro desesperado de tristeza,  el aire soplando contra ellas, era imperdonable, lo sabía...Él la amaba.  Ella como animal herido que ha crecido entre espinas, lo reconocía, aún sin saber como era, lo sentía,  Él, era el único hombre al que había amado más allá de si misma,  su pétalo escondido entre las hojas de un libro de poesía,  el sexo  húmedo sobre el escritorio,   su sonrisa en el barco, sus encuentros al azar,  su abrazo protector, la maldición que era amarlo  y la necesidad de alejarlo.  Nunca la entendería, tendría que morir para sentir lo que ella llevaba dentro, junto a ese amor que la quemaba profundamente.   Solo le quedaba huir, soltar las amarras, matarlo en vida para que nunca jamás pudiese regresar a buscarla.  Debía morir para salvarlo.

Se abrazo a Él como la hiedra que se enreda al muro que la contiene, hundida, sin fuerzas, se apretó a su cuerpo, como si ese momento pudiese ser eterno y dejar de ser quien siempre fue.  Los dos lucharon tanto tiempo contra su locura,  ahora no podían echar vuelta atrás, era todo o nada, la moneda estaba echada al aire.   Recorrió con sus yemas su boca, acaricio su barbilla suavemente, como la primera vez,  lo miro sin piedad, su mirada era la misma, la de aquél pequeño que la rescato de la nada en que su alma habitaba, el mismo hombre que creció junto a su corazón y sus arrebatos, su hogar.

La ventana crujió de un solo golpe, el aire sabía a dolor y Ella se estremeció.   Ni una sola palabra más, el silencio avanzo junto al tiempo, perdió la noción de si misma, su mano empuño el filoso brillo contra su cuerpo, hundiéndolo sin piedad.  Un tibio daño rojo  la hizo gemir, buscó su mirada sin comprender, encontrando entre sus labios una dulce suplica.   La vida se escapaba entre sus brazos, sintiendo la cruel burla del amor…en aquél rincón de París.


©Mayte G.

11 comentarios:

  1. Demasiado drástico morir por amor.
    A veces hay que rendirse e irse. Intentar olvidar lejos del causante de la herida.

    Besos

    ResponderEliminar
  2. Hola Mayte, un placer volver a degustar tus relatos...en torno a estos rincones de París.
    Has descrito de manera excelente esta escena otoñal...y su drástico final.
    Felicitaciones y feliz semana.
    Un abrazo.
    Ramón

    ResponderEliminar
  3. Con el olvido muere una parte de nuestra vida...a veces sólo dormita y despierta con más fuerza que nunca siendo impensable vivir de este modo. Bss

    ResponderEliminar
  4. En realidad sólo merecería la pena morir de amor si el amor muriese con nosotros, pero parece ser que no es ese el caso. Hay amores que se empecinan en sobrevivirnos y hasta en ser eternos.

    Besos

    ResponderEliminar
  5. Madre mia, que desgarrador, que hermoso, que poético, que miserable! cuanto cabe cuando se ama así de locamente, cuando no hay razones y solo pasiones desenfrenadas. No todo el mundo puede vivir estas historias, pero los uqe lo hacen sufren y gozan a partes iguales.
    Precioso relato Mayte!

    ResponderEliminar
  6. morir en este caso..es lo de menos.

    ResponderEliminar
  7. Eres brutalmente cruel y sensible. Muy bueno.

    Pedro.

    ResponderEliminar
  8. Mayte, que gustazo el reencuentro. Traigo una sonrisa. En Paría también hay historias con final feliz.
    Un besote enorme

    ResponderEliminar
  9. ¡Uf, yo creía que acabaría con esperanza, querida Mayte!
    Ese París deja muchas huellas imposibles de borrar.
    Besitos, linda.

    ResponderEliminar
  10. Mayte, me ha dejado sin palabras, así es el amor, te lo da todo, tocas el cielo, y a su vez te lo quita todo, llegas al infierno.
    Felicidades, eres una excelente escritora, haces mágia contando historias!
    Feliz finde, guapa!

    ResponderEliminar
  11. Buen texto, muy bien parido.

    ResponderEliminar



Copyright ©Mayte G. Todos los Derechos Reservados.