Al filo de la palabra


Mayo siempre se lleno de posibilidades, de momentos excepcionales en el que el amor aparecía sin que las cartas, la necedad  o sus ganas de huir pudieran impedirlo.  En plena mañana de una primavera criminal, su mirada saltó como un murmullo abriéndose paso entre la multitud,  anunciando el  carrusel de emociones, que aguardaba por Ellos en silencio.

Él permanecía sobre las pequeñas luces que se filtraban entre sus locuras, ahí en lo alto de los árboles,  como un ángel o demonio, hecho a la medida de la perdición,  un híbrido creado en la belleza de lo terrible, en el remolino incesante del olvido,  donde todos los barcos de su deseo viajaban por voluntad propia, habituándose poco a poco, a esa sensación tan familiar, como quien discierne lo concebido deliberadamente, con total claridad en medio de las noches que precedieron el principio del fin.

La vida era un peligro,  sus ojos revolcados en una soledad llena de misterios, y  una historia tan profunda como un pantano, coronada por una estrella que la guiaba de su mano entre bosques y nubarrones, el cuento del revés, como antihéroes que no buscaban la extinción. Miraban tímidos sus reflejos,  sin saber que no eran los suyos, sino de todos aquellos-aquellas, que soplaban bajo la adoración de prejuicios malditos en sus cuellos.

La ausencia comenzó a poblar, como gusanos que infestan la tierra, como maullidos de gatos en celo, que en las noches incitan a los amantes,  esperando, tranquilos,  como perros que danzan cuidando el sueño de sus amos que resoplan entre cuatro paredes llenas de pasión quemada y amor hecho polvo esparcido por la piel.

Aún así, ellos llegaron juntos, a su manera, quizás malditos, quizás odiados, uno enamorado, el otro no, y miraban juntos esa ventana huérfana de ternura, tomados de la mano, mientras la enorme nube del tiempo que vaticina tempestades los iba abrazando llena de furia.  Ellos se aproximaban,  para no volverse a ver nunca más, él se iba perdiendo entre el sonido de campanas y brillos nocturnos por la ciudad, ella lo mantenía alejado con un gesto de fingido desdén.

¿Quién puede ser feliz mientras alguien sufre?  Nadie puede vivir sobre el tiempo que derrama lágrimas, ni la naturaleza, ni el amor,  ni Ellos como testigos mudos. Todo sucumbió bajo la piel ajena del que lamenta, con labios hinchados de deseo muerto, hundidos en la carne del ayer, y va, en silencio formando cadenas que se arrastran sobre las baldosas de los que acompañan su camino, sin saber, sin apenas reconocer que el momento de luz se fue, convirtiendo a todos, en  fantasmas del pasado.

La soledad deambula por los resquicios, ansiosa de recuerdos, visiones de sonrisas y juegos, de mañanas remolonas, de caprichos y desdén, de abrazos a destiempo, complicidad vagando por los rincones, sabores de domingo que no volverán, virutas de humo y secretos que solo el viento guardo, hasta el momento en que las bestias comenzaron a despertar, el canto del amor que rondaba en el aleteo de los colibríes, las alerto,  las hizo sentirse libres y destrozar a su paso todo lo que ellos habían creado.

Comenzaron a temblar, a ocultarse,  hablaron lenguas milenarias, las sonrisas palidecieron, en la enorme metamorfosis, la pequeña chispa surgida no logro sobrevivir a la marea intensa, de rabiosa rebeldía, de lo que no  se puede pronunciar, no había culpables, ni palabras escritas en vano, solo miradas que se iban apartando, nadie hizo nada, y toda la delicadeza se volcó infame sobre los sentimientos.  

Cayó la muralla, vivían en un sueño, en uno que parecía prohibido,  dónde lo inmortal no esta permitido,  donde lo posible no era posible para ellos,  en la libertad de sentir sin esperar, en lo inerte creció el amor del que ya no vuelve a amar,  condenado a no ser correspondido ¿Qué hacer para evitarlo? Los dioses abandonaron la causa antes del tributo, noches sin luna, cartas marcadas, muerte y torres cayendo, todos han dicho NO.

Tantos pecados, tanta vida rodando detrás, tantos besos en el aire y un suspiro compartido, el hoy dejo de ser mañana, en las miradas se esparció una sábana que no los protegía del frío, y el rencor abrazo lo incomprensible, les abrió la puerta, fueron partiendo, poco a poco, sin despedidas, ni un para siempre, el silencio gritaba  ¡Asesinos!  ¡!Asesinos!

Ellos partieron, cumplieron todos los rituales,  ejecutaron a la perfección su papel, sin comprender que en ello había una oportunidad ¿Tenían miedo? ¿El corazón se equivocó? Quizás solo había sido un desencuentro donde el alma se escabulló,  para no escuchar a la vida pisando a sus guardianes marchitos.  Ahora, el amor esta sentado al filo de la palabra, a punto de morir con su nombre, sellando sus labios para siempre.

©Mayte G.


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